miércoles, 14 de octubre de 2009
Mediocre
Sonreía en el espejo, como practicando la forma adecuada de darle la bienvenida a su marido una hora más tarde, cuando el entrara por esa puerta y colgara su sombrero en la percha de la entrada.
Había escogido el mejor de los vestidos que el le había comprado. Se había puesto aquellas zapatillas azules que encajaban perfectamente con el estampado de flores que flotaba alrededor de su cuerpo.
Se sentía ansiosa, como cada noche que pasaba esperando el regreso de aquel que la desposó.
Después de todo, esa era la única función que cumplia a sus veinticinco años. Recibir a aquel principe que la había rescatado de aquella soledad incurable, el cual, como buen marido salía tempranamente del hogar a cumplir con su rutina de trabajo para poder cumplir con su misión como amo y señor de aquel hogar.
Su mundo había cambiado tanto que apenas recordaba la vida que anteriormente llevaba hasta conocerlo. Ahora, esperaba en casa, sumisa, tranquila, creando un paraíso personal para aquel que había entibiado su corazón. Hacía mucho que no veía a sus viejas amigas del instituto, tantoq ue se sorprendió al saber que Sabrina, aquella vieja confidente, se encontraba ahora cuidando de un hijo sin necesidad de un padre.
"Que desichada debe sentirse, pobrecita"... pensó con un poco de pena. Esperaba que todas aquellas personas que la rodearon alguna vez pudieran tener un trocito de felicidad como ella lo tenía desde que Chris había entrado a su vida.
Chris, aquel joven alto de ojos azules. Caballero valeroso que supo luchar por un lugar en su corazón. No encontraba ni un sólo defecto en él.
El la había rescatado y encontraba en el un gran impulso de gratitud y fervor. Por eso, sentía que su vida le pertenecía solo a el. Se dedicó a cumplir todos y cada uno de sus deseos, entre ellos, sacrificar su vieja vida para someterse sólo a él.
Disfrutaba del círculo social al cual él la había integrado. Aquella aristocracia bañada del brillo de cristales de candelabros que iluminaban los salones de cuantas mansiones habían visitado. Mujeres envueltas en banalidades tales como el nuevo amorio de la reina sofia o las burlas sonoras hacia la gente que con dificultad luchaba por mantener a una familia de cinco o seis hijos. Platicas en las que al inicio sólo sonreía por inercia pero que poco a poco fue integrando a su nuevo estilo de vida.
"Una mujer como tú no debe trabajar", había dicho alguna vez su ahora esposo cuando ella trató de buscar un trabajo en el cual pudiera encontrar una nueva diversion dentro de aquella armoniosa monotonía. Así que ella aceptó, permitiendole colmarla de todo aquello que el quisiera darle por montones. Cadenas de oro blanco con pequeños zafiros y rubíes como colgantes que poder mostrar en las reuniones. Vestidos de diseñadores italianos que hacían palidecer a aquellas nuevas amigas con las cuales se reunía una vez al mes para jugar su partido habitual de cartas. Todo lo que el le diera estaba bien para ella, despues de todo, la incomodidad que sentía al inicio, debido a la falta de costumbre de todo aquel lujo que su nueva vida le imponía, iba desapareciendo con el transcurso de los meses hasta convertirse en una sutil molestia.
Sí, era completamente feliz.
Esa noche de octubre era especial. La celebración de aquel día en el cual él se le había propuesto justo después de su actuación en aquel cabaret de dudosa reputación. Aquél día que, como si fuera un sueño, el principe azul llegó hasta ella para rescatarla de aquella prisión donde se encontraba montado en su caballo blanco... aunque en este caso se trataba de un moderno ferrari amarillo. Aquella noche todo se impregnaba del olor que las enormes casablancas despedían abarrotando el espacio tras bastidores, mientras sus compañeros de orquesta los miraban asombrados con la boca abierta de tal modo que parecía desencajarse.
Él había prometido llevarla a aquel nuevo restaurante francés ubicado en los suburbios, casi frente a aquél teatro donde entonó las últimas melodías que su hermosa voz había transmitido a su audiencia. "Dios!", pensó "ha pasado tanto desde aquella última vez".
Escuchó la puerta abrirse. De un salto, se levantó y corrió al encuentro con su amado. Capturó su cuello con sus fragiles manos mientras murmuraba suavemente un "bienvenido a casa".
Partieron rumbo al restaurante mientras el le contaba cómo había transcurrido su día en la oficina. Las discusiones con sus socios y las presiones de la auditoría que el gobierno haría a su empresa en unas semanas debido a un extraño movimiento de dinero dentro de ella fueron el tema de todo el camino, ella escuchando en silencio y el despotricando una y otra vez con furia contra aquellos que habían hecho notar aquella incidencia a las autoridades. Como casi todas las veces que algo pasaba en el trabajo, él estaba furioso, y ella sólo se limitaba a escucharlo, para que el se desahogara y así evitar discusiones sin fin y sin sentido.
Llegaron al lugar. Un ballet abrió las puertas del auto mientras Chris aún refunfuñando se movía rápidamente hasta donde su mujer se encontraba para escoltarla así del brazo hasta el recinto. Se inflaba de orgullo al caminar junto a ella, presumiendo su belleza como si de un trofeo se tratara, un tesoro que le había descubierto, pulido y puesto en un anaquel de cristal donde todos podían admirar su magnificencia.
Entraron al lugar, un maitré los escoltó hasta la mejor de las mesas del lugar, junto a una chimenea artificial que daba un aspecto acogedor. Como era de esperarse todo era perfecto. Esta vez en lugar de Casablancas había Lillys como centro de mesa. Cubiertos de plata y una vajilla de fina porcelana que daba miedo tocar. Ella sonrió mostrando aquellos dientes tan blancos como la luz de la luna. Se encontraba radiante, feliz, y nada podía hacer que eso cambiara.
El lugar se encontraba completamente lleno, bajo la música de fondo se podía escuchar el breve sonido que causaba las platicas de las personas, acompañados con la melodía arrítmica de los cubiertos rozando los platos de los comensales que se encontraban en el lugar. Su mente musical empezó a jugar con los sonidos, haciendola casi canturrear en silencio al compás de aquellos mágicos sonidos que la envolvieron. Había cerrado los ojos y se había encontrado con aquel lugar que había dejado abandonado en lo más recondito de su mente, imaginándose de nuevo frente a una multitud que la miraba maravillada mientras su voz los atrapaba en las notas de aquellas melodías que brotaban de su ser.
En un instante aquel recuerdo volvió a cerrarse en lo más oscuro. Abrió los ojos mientras todavía sentía el sutil pero decidido apretón que la mano de Chris había dado en su pierna. Lo miró y observó la furia aún no desatada en los ojos de su marido. Le brindó una disculpa suave para tranquilizarlo y tomó un poco de vino de la copa que se encontraba frente a ella. El suspiró satisfecho.
Degustaron el platillo de entrada en silencio. De vez en cuando ella se acercaba al rostro de su marido para plantarle un discreto beso en la mejilla, cosa que el incomodamente recibía. No era muy dado a las muestras de afecto en público, ella lo sabía, pero era imposible desperdiciar aquella hermosa velada. Quería que él se sintiera cómodo y feliz.
El platillo principal tardó un poco más de lo previsto, incluso el maitré fue a pedir disculpas ante los reclamos de Chris. Ella, mientras tanto, curioseaba con la mirada observando a la gente que acudía al lugar.
Observó en una mesa al alcalde de la ciudad con su esposa regordeta, la cuál le causaba una mezcla de gracia y ternura a la vez, debido a que, como nueva rica, ostentaba joyas enormes y ropa escandalosa, demostrando a veces de una manera un poco grotezca el poder adquisitivo que le brindaba ahora su esposo.
En otras mesas, encontró a viejos conocidos de su marido, políticos jovenes que queriendo hacer un nuevo mundo en aquella ciudad deseaban desterrar de manera discreta a toda la clase media y baja en pos de la modernidad que aquella ciudad merecía.
En otras mesas más, gente completamente desconocida, pero todos luciendo de manera impecable y armónica dentro de aquel lugar. Sin embargo, en una de las mesas contrastaba con todo aquello. Una pareja vestida de manera cotidiana, que parecía no pertenecer a aquel mundo de riquezas y ostentosidad. Incluso el mesero que les servía los miraba despectivamente, pero ellos parecían no inmutarse de nada.
Era una pareja, al parecer. Sólo podía ver de frente a una mujer bella, vestida sólo con jeans y una playera de color azul un poco desgastada pero que le lucía encantadoramente bien. Ella se reía no de manera discreta, sino de forma escandalosa y sin reservas, como si no notara como irrumpía en la armonía del mundo a su alrededor. Sin embargo, al verla no manifestaba incomodidad, sino una sonrisa, recordando que ella había sido así alguna vez, en un pasado que se veía ahora completamente remoto e irreconocible. Y en cierto modo envidiaba aquella libertad que esa chica gozaba.
Del hombre que acompañaba a la chica, no podía decir nada, sólo podía ver su espalda cubierta en parte por su cabello y la forma en la que movía sus manos mientras contaba algo que hacía reír a la joven nuevamente con una risa libre y pura.
No pudo dejar de mirarlos, de notar la armonía que existía en ellos. Una complicidad que los envolvía en un escudo que repelía la negatividad del ambiente superfluo que los rodeaba. Una complicidad que, a pesar de la devoción a su marido, no había podido encontrar con él. Un viejo recuerdo quiso aflorar pero lo cerró en su mente debido al dolor que comenzó a sentir en su pecho. Miró a su esposo quien aún esperaba bufando a que el mesero trajera el plato que tanto esperaban.
Finalmente, el mesero traía apresuradamente la comida, disculpándose mientras acercaba los platos a la mesa.
De reojo, vió que el acompañante de la mujer se levantaba y no pudo evitar mirarlo de reojo mientras se llevaba a la boca un primer bocado.
El tenedor que sostenía cayó bruscamente al plato y sus ojos se abrieron como soles. Su marido volteó a mirarla desconcertado. "¿Estás bien, querida?" preguntó con seriedad. Ella seguía observando a aquél hombre mientras se levantaba hacia lo que parecía ser el servicio. Su marido volvió a tomarla con dureza del brazo. Ella lo miró fingiendo una sonrisa que pudiera tranquilizarlo. "Todo esta bien, sólo necesito ir al tocador."
Se levantó de la mesa, sin importar lo que su esposo le decía, y camino hacia los sanitarios tratando de no correr. Tenía que calmarse, controlar todo aquello que la había envuelto como un mero maremoto de sentimientos y recuerdos. Era como si todo lo que había guardado en la jaula del olvido hubiera escapado a través de una puerta que no pudo cerrar más.
Entró al vestíbulo previo y espero. Algunas mujeres salieron cuchicheando del baño de mujeres pero ella no les dió importancia. Miraba fijamente la entrada de los caballeros, esperando a que su objetivo saliera. Sentía en su pecho un fuerte calor, una mezcla de coraje y pasión que no podía controlar.
La puerta al fin se abrió y el joven salió sin darse cuenta de que pronto sería capturado por algo imparable. Las manos de la joven lo jalaron agresivamente hacia la otra puerta sin que pudiera reaccionar. La puerta se cerró ocasionando un ruido sordo que se ocultaba gracias a la música y el murmullo.
Lo empujó contra la puerta y lo beso sin dudar. El hombre sólo se quedó ahí, congelado, por la inercia de la situación. Después de un instante, el la alejó con seguridad, pero con suavidad, de él, reprimiendo los instintos de la chica.
Se miraron. Lo que ella vió fue un rostro conocido, un recuerdo juvenil de alguien disfrazado ahora tras un cabello largo, hasta los hombros, y una barba poblada. Sin embargo, la mirada seguía siendo tan pura como la recordaba. Era aquel violinista que acompañaba su hermosa voz en cada concierto. Era aquel romance secreto que mantuvo así debido a las reglas de la compañía. Era aquel joven que llevado por el coraje y la impotencia había roto el strardivarius que heredó de su abuelo cuando miró como el hombre que ahora era su esposo le pedía su mano para raptarla del mundo al que ella pertenecía para llevarla a un mundo de superficialidad.
Lo miró y los recuerdos de las noches tumbados en el techo de su viejo apartamento, observando borrachos los luceros resplandecientes de la madrugada; las noches en la alcoba donde él le contaba mil y una historias hasta que ella se quedaba dormida mientras él acariciaba con suavidad su cabello; los desayunos en la cama mientras el tocaba con gracia la melodía que había sido compuesta solo para ella; y aquella noche donde le rompió el corazón diciéndole que necesitaba buscar alguién que pudiera ofrecerle una vida como la que merecen las princesas de aquellos cuentos que se habían quedado en su mente.
Lo miró y supo que el no encontró los mismos recuerdos que de ella habían emergido. Los ojos del hombre perdieron el brillo mientras reaccionaba ante la belleza que se encontraba frente a él. Una belleza que podía someter a cualquiera, pero para la cual el parecía ahora inmune.
La miró soltando una sonrisa de tristeza. La miró y sus manos acariciaron el cabello de la chica no con la ternura de años antes, sino con compasión. Le dió la espalda sin pronunciar palabra alguna y abrió la puerta, marchandose como si nada hubiera pasado en ese instante, nada que pudiera generar un recuerdo, una luz que encendiera el camino de ambos, ese camino que se había perdido entre la niebla del tiempo.
No había notado si habían pasado siglos o sólo unos minutos. No sintió que sus ojos estuvieran bañados de lagrimas que brotaban imparables destrozando la imagen de princesa de porcelana con la que había llegado a aquel lugar. Se enjugó los ojos y se miró al espejo. De su bolso sacó el maquillaje necesario para arreglar el gran desperfecto que el reflejo del espejo le mostraba. Cuando terminó, se lanzó una sonrisa, la más fingida y triste que jamás había salido de sus labios. Y salió con rumbo a su mesa.
Su esposo la esperaba ansioso, curioso y molesto. Ella se sentó a su lado y lo miró esbozando la sonrisa que había ensayado. Se disculpó con gracia, sin poner la misma atención que siempre le brindaba, sin molestarse siquiera por hacerlo sentir bien. "Esta muy rico", enunció cuando probó el platillo, de manera automática, queriendo transmitir normalidad.
De reojo miró al violinista y a su pareja. Los miró levantarse, felices, emborrachados de abrazos y besos que no ocultaban ante la molestia de los demás. Los miró como si se tratara de una fantasía que ella no podía vivir, como si los anhelos y deseos de la princesa se vieran inversos y se esfumaran tras la puerta de aquel lugar.
Vivía rodeada de lujos, procurada y consentida. Vestidos de gala y collares de brillantes. Bailes de salón y zapatos pulcros. Un marido que no amaba, una vida superficial y mediocre entre lujos que realmente no deseaba... una felicidad fingida, de la cual no podía escapar jamás.
miércoles, 1 de julio de 2009
Dos anillos (FdT parte 2).
Los compré como una promesa de que todo iría mejor, del compromiso que quería hacer y vivir.
De oro blanco con una fina linea amarilla, con pequeños brillantes resplandeciendo justo en medio. El mío, sobresaliente del otro más pequeño.
Dos anillos que jamás fueron usados por nuestros dedos.
Estuvieron ahí guardados, en una cajita encerrada bajo el piso del que fuera mi cuarto hasta hace una semana.
Dos cosas valiosas que ahora no significan nada.
Un futuro no encontrado, que se escapó de mis manos.
Y esos dos anillos eran mi mayor secreto, que a nadie había mostrado.
No pude mirarlos por un largo tiempo, abandonados y frios, sin uso y con todo el brillo.
No podía soportar la idea de hablar sobre ellos, ni de siquiera tocarlos.
Porque eran anillos sin dueño y sin destino.
Finalmente tuve que enfrentarlos, sacarlos de aquel hueco bajo el piso. Tomar la caja y emprender un viaje a mi pasado.
Una tarde miré al río, el ruido de los carros y los pajaros me animaron. Abrí la caja y los contemplé por un último instante.
Tan bonitos, tan relucientes y brillantes como los recordaba. Desde el momento en el que los ví sabía que se nos verían muy bonitos en nuestros dedos anulares. Un amigo me prestó su plástico para poder pagarlos. ¿El precio?, ¡no importaba!, sólo quería mirarlos en nuestras manos, y tomar tu mano.
Al final, esos anillos fueron usados, más no por nuestras manos.
El agua se ha encargado de portarlos y llevarlos lejos de lo que no pudo ser.
domingo, 28 de junio de 2009
Ella y él. (FdT parte 1)
Ella, con el corazón palpitando a mil y un frio gélido recorriendo su cuerpo. Lo miraba, buscaba sus ojos pero ellos no la miraban. Escuchó y escuchó, como si de un monólogo irreal y sin sentido se tratase.
Él lo anunció, se iba de casa. Se despedía de 32 años de vida juntos para así comenzar una nueva vida al lado de aquella que fue, más de 20 años atrás, una de sus estudiantes en los primeros años de enseñanza. Aquella que le ofrecía juventud que no regresa, sumisión y una completa atención hacia su persona. Aquella con la que el podía sentirse amo y señor, y no un simple compañero de vida.
Pero ella finalmente habló. Las palabras fueron vomitadas no solo por su mente, sino por su corazón y sus recuerdos, por su vida juntos y por lo que se habían prometido en aquella pequeña iglesia de color rosado. Le prohibió dejarla y dejar aquellos treinta y dos años juntos. Furiosa, le dijo que jamás le dejaría partir, pues le amaba con toda la intensidad con la que ese día aceptaron su promesa de un amor eterno frente al altar. Tenía que dejar a Aquella, y quería escuchar su nombre para poder ir a buscarla y golpearla hasta la muerte. Aquella que se atrevió a quitarle lo más valioso que poseía desde 32 años atrás. Aquella que probablemente conocía, y que sin saberlo habían cruzado más que un hola y un adiós al encontrarse frente a frente.
Y Él no supo que hacer. No supo si debía marcharse o quedarse como Ella se lo exígia. No esperaba una respuesta así. No esperaba que ella decidiera a luchar por la persona que ama y mucho menos que ella estuviera dispuesta a dejar atrás este asunto de deslealtad e infidelidad. Creía, como todos, que ella reaccionaría sacandolo de su vida por aquella alta traición. Un método fácil, rápido y doloroso con él cual comenzaría su nueva vida dejando lo viejo de lado.
"Hasta que la muerte nos separe", mencionó ella con labios temblorosos, "Ese fue el juramento que nos hicimos y es la única forma de que esto se termine."
Y se quedó ahi, mientras ella salía de la habitación, para asear aquella casa que los dos habían construido, para ir al mercado y comprar los alimentos del día y para asistir al cementerio a dejar flores a los padres de ambos, como cada semana lo hacía.
Y fue ahí donde las lagrimas empezaron a brotar, frente a aquella tumba repleta de casablancas y rosas rojas y blancas. Fue ahí donde ella sintió el miedo de enfrentar la realidad.
Sus labios no quisieron probar bocado aquella tarde. Sus ojos hinchados querían ocultarse para que su familia no notara lo que estaba ocurriendo en su interior.
Y lloró durante horas, mientras él no estaba en casa. Lloró y siguió llorando dejando fluir sus sentimientos en esas lagrimas que no pueden parar. Porque tiene miedo a enfrentar aquello que su padre le había vaticinado: "Sola estás, y sola te quedarás", tiene miedo a quedar sin nadie que la ame, que la entienda y la comprenda.
Y yo, mirándola le prometo que no estará sola nunca más...
domingo, 8 de febrero de 2009
Hunter (IV)
Deambulé entre la gente, tratando de parecer alguien normal. Tu también lo hacías, no se si pretendiendo o si realmente no habías "despertado". Trataba de no perderte de vista, aunque eso no era imposible ya que estabas sentado junto a tus amigos en una mesa junto a la fuente del jardín.
Me dediqué a observarte fijamente, analizando cada detalle con presición. Notaba como tus manos acomodaban el cabello que caía en tu frente con masculinidad y elegancia. A veces, mojabas tus labios mordiendo el piercing que tenías justo a la mitad del inferior. No perdías detalle de lo que tus amigos te decían aún cuando necesitabas tomar un poco de cerveza o fumar tus cigarrillos. Parecías alguien normal.
Una voz interrumpió mi labor. Un chico se había acercado hacia mí preguntando algo tonto para entablar conversación. No puse atención a lo que el decía ya que realmente no me interesaba. Sin embargo, no podía evitar fingir cortesía para no levantar sospechas en caso de que tuviera que actuar rápido. El chico me invitó a bailar y me negué. Entonces, me invitó una bebida y no tuve más remedio que aceptar. Es una de las pocas cosas humanas que no puedo dejar de disfrutar.
Pasaron las horas, te seguía observando entre las sombras de la penumbra nocturna. En un momento, tus amigos y tu se levantaron al parecer con la intención de marcharse de ahí.
Discretamente, subí al techo con rapidez, nadie debía notar lo que hacía. Como un felino, me acerque sigilosamente hasta una zona de comodidad, donde pudiera observate sin que lo notaras.
Sin embargo, volteaste la cara hasta donde estaba yo. Afortunadamente tuve tiempo de esconderme.
Subiste al auto de tus amigos y comenzaron su marcha. Comencé a seguirlos tratando de evitar poner mi presencia en notoriedad. Las calles a esas altas horas de la noche eran solitarias así que fue facil escabullirme entre techos y arboles que me permitían apresurar mi paso. El viento golpeaba mi cara con suavidad a pesar de la velocidad en la que iba.
Llegaron a lo que supuse era la zona de tu casa. Apagaron las luces y saliste del auto, probablemente no querías despertar a ninguno de tus vecinos. El vehiculo comenzó a marcharse mientras tu caminabas rumbo a tu puerta...
Era ahora o nunca.
Mientras tratabas de abrir la puerta principal, me situé rapidamente detrás tuyo, causando una brisa que hizo que tus hombros se encogieran un poco. Instintivamente volteaste lentamente y pude ver como tus ojos pasaban de un estado tranquilo a la incredulidad y finalmente a una sorpresa terrorífica. Antes de que pudieras gritar o decir palabra, te tomé fuertemente para elevarnos por los aires, no era una buena idea hacer lo que tenía que hacer frente a tu hogar y con posibles testigos. Te tomé hasta llevarte a un lugar lo suficientemente retirado de la civilización.
Te solté e instintivamente te dejaste caer al suelo, retrocediendo como un pequeño ratón asustado pero al mismo tiempo analizando la situación.
-Quien o qué eres? - preguntaste con miedo.
-Eso no importa, he venido por tí- respondí fríamente, acercandome paso a paso hasta donde tu figura aterrorizada descanzaba sobre la tierra. -, sabes quien soy?, no es así?
-No tengo ni puta idea! - gritaste amenazadoramente - No sé que quieres de mí pero no voy a permitir que me hagas nada!
Te miré y no pude más que sonreir resignado. Esta pelea sería facil y aburrida, debido a tu desconocimiento de lo que pasaba. O de quien eras realmente. Sería como un lobo jugando con un pequeño ratón. Por lo menos podría divertirme un poco contigo.
Rocé tu cara lentamente, sintiendo la suave textura de tu piel. Te tomé del cuello con rapida violencia y te arrojé unos metros adelante. Gritaste de dolor cuando caíste. Y tus gritos me emocionaban.
-Dejamé en paz! - gritaste - Yo no te conozco ni te he hecho nada.
-No, no lo has hecho, pero tu presencia es molesta en este mundo. O mejor dicho, peligrosa. Necesitas morir.
Me miraste con asombro, no comprendías mis palabras y pude ver que el miedo te invadía. Comenzaste a correr rapidamente, o lo que tu cuerpo te permitía. Yo solo te observaba divertido mientras te escondías entre la maleza del campo. Basto un simple segundo para encontrarme detras de tí, tirando de tu ropa mientras te aterrorizabas más y más.
Debido a la caída, un poco de sangre salía de tu frente, tomé un poco con mis dedos y la llevé a mi boca. Definitivamente tenía ese sabor característico de los "despertados", aún si no te dabas cuenta. En ese momento pensé en la posibilidad de que despertaras y así mejorar el sabor y la situación. Sin embargo, nadie ha encontrado la formula para predecir un despertar.
Decidí terminar con todo en un instante, estaba demasiado aburrido debido a tu miedo, así que todo terminaría rápido. Te presione hacia el suelo estrujando con violencia tu pecho, mientras gritabas y me veías con los ojos desorbitados de terror, alcé mi mano preparandola a a travesar tu garganta y con un movimiento veloz quisé cortar tu cuello... pero habias desaparecido.
Te encontrabas a unos metros frente a mí.
Tu cuerpo jadeaba, tus manos trataban de impedir el dolor que estabas sintiendo en ese instante... estabas despertando. Tus ojos me miraban, pasando del miedo al odio... pasando del verde aceitunado que normalmente tenías al color violaceo característico en los de tu especie... Finalmente tu cuerpo recuperó su postura original... Y sonreíste.
-Así que... esto es lo que querías evitar, no es así? - preguntaste con una voz grave y sin sentimientos.
-Realmente no, esto es más divertido para mí.
Salté rapidamente hacia donde tu estabas pero esquivaste mi ataque, contraatacaste y pude vagamente evadirte sin evitar que mi brazo izquierdo resultara lastimado. La cosa se había puesto interesante para los dos.
El cazador se convertía en el cazado, la presa se convertía ahora en un león liberado dispuesto a matar. Un duelo interesante para mí, sin embargo, había algo en tu mirada que me mantenía sigiloso, y temeroso.
Intercambiamos golpes unas cuantas veces, ninguno era mortal para los dos, pero si ejercían algunas heridas que debíamos curar despues de que alguien ganara.
-Despidete, esta noche morirás. - dijiste sonriendo maliciosamente
-No lo creo, chiquillo - respondí un poco lleno de coraje al ver tu maldita sonrisa con un dejo de burla hacia mí.
Ambos nos preparamos para ese último ataque, todo se definiría en un solo instante. El más fuerte prevalecería. Salimos disparados hacia nuestro encuentro. Mi mano derecha perforo el lado izquierdo de tu abdomen mientras tu clavabas tus dedos en mi muñeca izquierda. Rodamos varios metros forcejeando, hasta que quedaste encima mio.
Tus ojos me miraban, sin mostrar alguna huella de dolor. Con tu mano izquierda tomaste mi mano derecha, sacandola lentamente de tu cuerpo, la sangre fluía con presión y ni así mostrabas un signo de debilidad. Solo había fuerza en tus manos que me apresaban... y por primera vez sentí terror. No podía moverme, y lo notabas. Apretaste fuertemente con tu brazo mi cuello, casí rompiéndolo.
Miré tus ojos violetas, que me miraban con una demoniaca pasión, tu instinto mortal probablemente había despertado completamente y sabía lo que venía: una muerte dolorosa para mí mientras te alimentabas de mi sangre, rompiendo mis entrañas y disfrutando de aquellos momentos.
Cerré mis ojos aceptando mi derrota, esperando ese momento con impotencia.
Sin embargo, solo hubo silencio. Algo toco mis labios, algo calido y suave. presionandolos e incitándolos a abrirse lentamente. Algo húmedo se introdujo dentro de mi boca... era tu lengua.
Instintivamente respondí a ese beso mortal. La pasión fue provocandome y me perdí entre tus labios. Los labios de mi enemigo. Los labios de mi presa...
Abrí los ojos, me mirabas todavía. Quedé hipnotizado ante ellos y, aunque liberaste mis manos con suavidad, no pude hacer nada.
De pronto clavaste una de tus manos en mi abdomen, justo como yo lo había hecho antes. Solté un grito de dolor.
-Ahora sí estamos a mano - dijiste, mientras lamías tus dedos llenos de mi sangre -, no trates de matarme nuevamente, porque la proxima vez no tendré compasión. Despues de todo, somos lo mismo. Tus ojos dorados no son como los míos, pero somos lo mismo... no somos humanos... somos seres monstruosos que se disfrazan como ellos. Algún día lo entenderás.
Desapareciste como el viento mientras me quedaba ahi tirado. Perdí la consciencia no se si debido a la sangre que perdí, el esfuerzo por sanar mis heridas o por el coraje de ser humillado por alguien como tú.
Y en mi sueño inconsciente pude recordar el beso que me diste.
martes, 16 de diciembre de 2008
La ciudad donde no había alguien (II)
.II.
Fernando siempre dijo que jamás se dejaría pisar por nadie. Hasta ese día.
Durante toda su vida siempre trató de sobresalir entre toda la gente. No por ego, sino porque la misma vida se lo exigía. Prefería luchar por lo que quería porque así podía disfrutar más todo lo que alcanzaba. Siempre atrajo el éxito ante él. Aunque no fue tan fácil, hubo mucho sacrificio y dolor. Sin embargo, jamás se dejo vencer.
Finalmente, su vida estaba estable. Tenía prácticamente todo lo que quería. Un trabajo remunerable que le permitía seguir con su preparación académica, y una relación estable con Leonardo, aquel chico extranjero al cual conquistó justo antes de que partiera nuevamente a su hogar.
Leonardo se encontraba ahora en la ciudad. Había tomado unos meses de descanso para poder estar con Fernando ya que era muy poco el tiempo que compartían. Además, Fernando casi siempre se encontraba absorbido por el trabajo, aunque siempre que podía salían a comer juntos o a tomar un trago en algún bar.
Fernando era feliz. Se encontraba satisfecho. Había llegado a un punto donde no podía pedir más.
Ese día, decidió salir temprano del trabajo. Se cumplían 2 años de la primera vez que había encontrado a Leonardo, por lo que quiso darle una sorpresa, dejar el trabajo un rato y dedicarse solo a él. Le llamó a su teléfono celular, pero no contestó. “Probablemente está dormido”, pensó sin dudar.
Llegó a casa sin hacer mucho ruido, no quería despertarlo y arruinar la sorpresa. Entro en silencio al departamento y escuchó algunos ruidos en la cocina. “Se acaba de despertar”, pensó decepcionado. Camino lentamente hacia la cocina para sorprenderlo… y ahí estaba él…
…junto con otro chico, besándose mientras la puerta del refrigerador permanecía abierta.
El rostro de Fernando estaba desencajado. La sangre subió rápidamente a su cerebro como si de un torbellino se tratara y de pronto no fue él mismo. Leonardo, mientras tanto, trataba de excusar lo que era obvio mientras su amante se encontraba entre ellos.
Mucho ruido, vasos rotos. El rostro del amante sangrando mientras era golpeado por doquier a manos de Fernando. Leonardo trataba de quitárselo de encima pero la fuerza de Fernando lo impedía. Como pudo, el otro chico salió corriendo del lugar mientras la pareja se miraba. Uno con rabia y el otro con miedo.
Para Fernando, el amor había terminado, no había más que rencor y desesperación. Tenía ganas de gritar y seguir su instinto brutal que le pedía vengarse de aquel que lo había engañado.
Sin embargo, no lo hizo. Solo se quedó parado ahí. Leonardo pasó rápidamente junto a él y se encerró en la habitación. La mirada de Fernando se apagaba lentamente, como si le hubieran quitado la luz de su vida. Una mirada inerte era el remanente de lo que quedaba de él. Golpeó la pared una y otra vez. Golpeó hasta que sus nudillos comenzaron a sangrar, sin embargo, no sentía dolor.
Invadido en su desesperación, salió a la calle. Frente a él los autos pasaban rápidamente atrapando en medio un antiguo acueducto que contrastaba con los altos y modernos edificios que se divisaban no muy lejos. Caminó y caminó sin sentido. Algunas personas lo volteaban a ver con curiosidad y morbo al ver sus manos llenas de sangre, heridas, pero él no le daba importancia.
Camino y camino hasta llegar al bosque de Chapultepec. La gente ahí parecía disfrutar del tiempo y de ellos mismos. Algunos descansando, platicando, relajándose de todo el stress de la ciudad.
Mientras tanto él, solo se quedaba observando. Solo se quedaba esperando que el grito ahogado en su garganta por fin pudiera salir y dejar de sentir esa agonía que se le llevaba la vida.
Deseaba poder descargarse de todo de una buena vez. Por la falta de su madre que lo había dejado solo con su padre. Por su padre alcohólico que cada noche lo golpeaba como si él fuera culpable de toda la desgracia de ese mundo. Por la gente que trato de humillarlo siempre. Por él mismo, que se encerró en un mundo de profesionalismo para restregarle en la cara a todo mundo que había podido ser exitoso sin necesidad de nadie. Y sobre todo por Leonardo, aquel suizo idiota que nunca pudo comprender que tan frágil era su mundo.
Finalmente lloró. Lloró por horas, hasta que la noche se hizo dueña de la ciudad.
Secó sus lágrimas. Había tomado una decisión. Perdonaría a Leonardo. Le explicaría todo y finalmente serían felices. Finalmente el podría confesarle su historia y dejaría ver a aquel ser frágil que realmente era.
Llegó a la casa. Las luces estaban prendidas. Entró con la mirada baja, pero no encontró a Leonardo,… ni sus cosas. Solamente una carta con la cual se despedía.
Fernando rió amargamente, rió mientras lloraba nuevamente. No tenía nada más que hacer, más que caer en la locura que la amargura te trae.
miércoles, 10 de diciembre de 2008
La ciudad donde no había nadie (I)
Alberto entró con los nervios en piel. El lugar estaba oscuro, como un laberinto de perversión donde los sonidos extraños y las siluetas humanas buscando una puerta abierta eran lo unico que existía.
Se aclaró la garganta con nerviosismo y camino entre los cuerpos agitados que quería evitar. Finalmente encontró la puerta con el numero adecuado,...
...13...
Entró.
En la pantalla, imagenes lascivas eran proyectadas. Imagenes que no podía mirar debido a la turbiedad del ambiente. Se sentía agitado, nervioso. Se sentía cobarde en ese mundo de locos donde no sabía que podía suceder.
Se sintio exitado.
El morbo jamás había sido parte de su naturaleza. Sin embargo, ese día maldijo su monotonía y decidido a intentar algo nuevo entro a aquel lugar. Y ahora, dentro de ese pequeño cuarto solamente se limitaba a sentirse nervioso y a frenar sus ganas de salir corriendo de ahí.
Sus piernas le temblaban aún estando sentado. Brincó de un susto cuando vió unos dedos asomandose por un hoyo. Se asustó, aunque sabía lo que esa señal significaba. Dudo un instante en aceptar la propuesta que aquellos dedos le hacían. Eran unos dedos finos, o al menos así le parecieron en la penumbra.
Se acercó y se dispuso a dejarse llevar por el momento. Jamás había sentido tanta intensidad como aquel día. Fue como ir en una montaña rusa de inconsciencia que no se detenía por nada en el mundo. Cada vez mas alto, cada vez mas rapido... cada vez más un vacio en el cuál caer.
Finalmente esa montaña rusa se detuvo. La calma llegó. Sin embargo, un sentimiento de soledad lo estremeció por un momento, encerrado en aquella habitación. Al final, estaba solo. no hubo abrazos ni besos, no hubo un te quiero o un te amo que lo hiciera sentir mejor.
Decidió esperar un instante antes de salir. Una experiencia nueva pero que no quería repetir. Quería salir corriendo y gritar hasta que alguien lo escuchara. Quería gritar hasta que alguien lo tomara en brazos y pudiera sacar todas las lagrimas que necesitaban salir de sus ojos. Hasta que pudiera regresar a ser de nuevo él mismo.
Abrió la puerta y antes de dar un paso notó que la puerta de al lado tambien se abría. Miró al muchacho que se hallaba ahora frente a él. Sus ojos eran grandes y brillaban con la poca luz que se traspasaba entre las persianas de cuero. Vestía un traje oscuro, que se ajustaba a la medida de su cuerpo. Una camisa clara que hacía juego tambien con una corbata un poco desarreglada que lo hacía lucir un poco interesante.
Alberto no supo que hacer. Se quedaron mirando un instante mientras los demás seguían moviendose en el laberinto. Se quedó observándolo a detalle como queriendo guardar en su memoria todo rasgo de aquel personaje del que no conocia nada más que sus manos suaves y su boca cálida.
Salió corriendo del lugar como un bólido. No podía soportar más. Sentía su rostro hervir de sensaciones, sentía su corazón latir a mil por hora, sintió que sus piernas dejaban de responderle mientras su velocidad disminuía entre la multitud que se expandía por las calles de Insurgentes. Hombres y mujeres en parejas multifuncionales y disfuncionales que se encontraban ahí pero al mismo tiempo no existían.
El bullicio de la ciudad saturaba sus pensamientos. Las voces, el ruido de los autos y la musica que salía de los bares y restaurantes causaban mayor agitación a los latidos de su corazón. ¿Dónde estaba esa persona que pudiera abrazarlo y con quien pudiera romper el hielo que habitaba en su corazón?
Una mano toco su hombro. Lo asió firmemente pero sin tratar de dañarlo. Alberto volteó bruscamente, asustado, y lo que encontró fue a aquel joven que solo se limitaba a mirarlo. Solo encontró aquellos ojos que recordaba aún en la penumbra de aquel clandestino lugar. No podía quitar sus ojos de él. No podía siquiera parpadear.
"¿Quieres ir a tomar algo?" preguntó el chico, sonriendole. Su cabello caía a ambos lados de la cara, contorneándolo armonicamente. Su rostro estaba libre de barba, dejando solitarios a aquellos labios delgados y suaves. Realmente se veía bien en traje. Tenía hombros amplios y su cuerpo estaba estéticamente proporcionado a pesar de que sólo era un más alto que el promedio.
Alberto seguía mirándolo. El chico volvió a preguntar... "¿Entonces, vienes conmigo a tomar algo?". Finalmente el asintió. El chico comenzó a caminar y Alberto comenzó a caminar al lado suyo, con las manos metidas en sus bolsillos. El chico caminaba viendo hacia el frente, dando una apariencia de absoluta seguridad.
"Fernando", dijo de pronto.
"¿Que dijiste?", preguntó pasmado Alberto, mirándolo y dándose cuenta que el chico no había volteado siquiera a mirarlo mientras hablaba.
"Mi nombre es Fernando; no lo has preguntado así que decidí decirlo."
Alberto sonrió dejando salir una breve y discreta risotada. Fernando solo sonrió levemente sin dejar de caminar y manteniendo la vista al frente.
"Yo soy Alberto", dijo extendiéndole la mano. Fernando tomó su mano un instante y sin que Alberto lo esperara lo jaló hacia él y lo besó sin dudar.
Fue un beso que sorprendió a Alberto, sin embargo, la eternidad se interpuso entre el contacto de sus labios. El tiempo avanzaba lentamente mientras el beso duraba. Podía sentir la textura de sus labios, su sabor, su calor. Podía sentir su cuerpo latiendo como el de él mismo. Podía sentir que algo los unía a partir de entonces.
Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos sin detenerse. Fernando abrazó a Alberto sin dudarlo, acariciando su cabeza con ternura. "Todo estará bien", le dijo, "Todo va a estar bien".
Y la ciudad seguía latiendo, la gente seguía avanzando alrededor de ellos, sin notarlos, sin sentirlos. Eso ya no importaba más.
martes, 2 de diciembre de 2008
Junjou Uncertain (IX)
"Las relaciones cambian, las situaciones también, pero los sentimientos jamás"
Los primeros 3 meses de la relación, Seishiro se desvivió por darlo todo para que Subaru fuera feliz. Quería darle todo y más. Quería simplemente que fuera feliz a su lado. Se merecía lo imposible.
Cada día era una aventura nueva. Salir a comer, al cine, al cafe o descubrir nuevos lugares juntos era algo maravilloso para ambos. 3 meses en los que todo funcionó de maravilla.
Seishiro no podía creer que tanta felicidad pudiera ser real. Cada mañana al despertarse y cada noche al acostarse solo existía Subaru en su cabeza. Cada momento era valorado por el como jamás penso valorar algo. Todo era un descubrimiento nuevo cada día.
Era obvio que existían algunas pequeñas diferencias entre los dos pero al final todo eso se opacaba debido al amor que existía entre los dos. Todo era posible para el, el mundo era completamente suyo.
No podía esperar con ansias el momento para encontrarle. Su compañía, su carisma y su energía lo llenaban completamente de vida.
Jamás había sonreido como Subaru lo hacía sonreir. Jamás había sentido tanta calidez. Toda su vida había cambiado sin que el pudiera notarlo, pero todos a su alrededor lo notaban. Había encontrado estabilidad.
En abril, Seishiro vivió un momento que jamás hubiera podido imaginar. Su mundo se desmoronaba ante el al saber que la mayor parte de su vida había sido una mentira y todo aquello en lo que creía se evaporaba como el agua. Fue un momento muy doloroso que tambaleó su vida entera.
Sin notarlo, fue cambiando poco a poco. Fue enfriando su comportamiento debido al dolor que sentía en su corazón. Un dolor que no podía perdonarse jamás. A pesar de que Subaru sabía el problema y trataba de comprenderlo, Seishiro fue creando una pequeña barrera que afectaba a Subaru. Sin embargo le amaba, y le dolía no poder quitarse esa barrera para evitar que Subaru se entristeciera.
Hizo su mayor esfuerzo para tratar de que todo estuviera normal. Sin embargo, siempre estaba esa sombra. Algunas ocasiones hería a Subaru sin querer, odiandose por eso. Sabía que el significaba todo para él. Sabía que el era la persona que existía para él. Lucho por hacer más felices los días. Luchó contra sí mismo para encontrar la forma adecuada de actuar y brindarle todo a la persona que amaba.
Subaru podía notarlo y lo acepto en su nueva faceta. Jamás se apartó de su lado y estuvo ahí, amándolo, aún si a veces dolía un poco para él.
Seishiro se dió cuenta entonces que debía arriesgarse a dejar atrás ese pasado que lo ataba. Quería ser libre e independiente. Quería dejar a su familia atrás por el bien de la persona que amaba. Quería ofrecerle un futuro estable en el cual pudieran crecer juntos. Quería lograr las bases que le permitieran ser merecedor de él.
domingo, 30 de noviembre de 2008
Junjou Uncertain (IV)
"Algunos cumpleaños traen sorpresas inesperadas"
Despues de algunos días, Seishiro y Subaru habían establecido una extraña relación de amistad. Eran confidentes y tenían una conexión única.
Seishiro estaba contento con esto. Finalmente podía llamarse "amigo" de aquella persona que comenzó a interesarle semanas atrás.
Amigos, eso es lo que eran. Sin embargo, Para Seishiro no era eso tan cierto. Poco a poco con cada plática comenzo a interesarse más en él, sin embargo, sabía que eso no podía suceder. Subaru estaba con Dan y eran relativamente felices, como todas las parejas que conocía.
Así que trataba de no darse muchas ilusiones con lo imposible.
-Oye!, Voy a hacer una pequeña reunión para mi cumpleaños... quieres ir?
- Claro!, ya sabe Dan?
- No, de hecho eres el primero que estoy invitando.
- Oh, gracias... Ahí estaré
- Por nada.
Días después, en la noche antes al cumpleaños de Seishiro, un mensaje llegó a su celular.
"Hey Sei-chan!, Estoy en el bar donde será tu cumpleaños. mañana serás mas viejo. Besos. Subby."
Fue el primer mensaje de cumpleaños que recibió y que se convirtió en su preciado tesoro.
La noche siguiente, Seishiro esperaba la llegada de Subaru en el bar, algunos amigos suyos ya habían llegado pero él todavía no. Pasaban de la medianoche y se encontraba un poco desesperado y triste porque él no había llegado. Terminaron de beber y despues de pagar la cuenta se levantaron para salir del lugar. El no había llegado.
De pronto, su teléfono comenzo a sonar. Era él.
- Estoy afuera con Dan y mi hermana. Lo siento pero Dan estaba necio en ir a otro lado y lo tuve que convencer. Esperame un poco ok?
- Ok.
Pero no pudo esperar. Fue hacia la entrada del lugar y se planto a esperar a que entrara. Ahí estaba él, con los demás. Quería correr a abrazarle pero era imposible. Sería demasiado obvio y no quería generar problemas, ni siquiera quería que fuera notorio. Así que primero saludo a Dan, a su hermana y despues a él. Quiso platicar más con el pero le fue imposible. Iori y los demás ya salían del lugar. Estaba dividido.
Y con todo el dolor de su corazón decidió partir de aquel lugar.
Sin embargo, recibió el mejor regalo que le hayan dado jamás.
Y sonrió.
Junjou Uncertain (III)
"algunas charlas comienzan de la nada"
- Cómo estás? - pregunto Dan a través de una ventana del messenger.
- Muy bien, gracias, y tu que me cuentas?
- Nada nuevo. Hey!, mi novio me dijo que esta enojado contigo...
- ¿Qué? enojado conmigo? - respondió sorprendido Seishiro, casi cayendose de la silla donde se encontraba sentado.
- Así es. Dice que no lo saludaste el día del cine.
- El día del cine? - contestó fingiendo que no recordaba ese día... claro que lo recordaba! -... ah!, lo siento, no lo ví.
- Estaba al lado mío
- Es que tenía prisa...
- ... por robarme el cigarro.
- Ehmm... sí, jajaja - Seishiro se encontro asombrado que incluso por internet se pusiera nervioso al saber acerca de Subaru.
- Por cierto, me acaba de decir que si lo puedes agregar a tu lista de contactos.
- Si, no hay problema - Escribió mientras lanzaba un pequeño alarido de felicidad...
"Que estoy haciendo?" pensó. "esto no es común en mi, tranquilo" volvió a pensar... Sin embargo, no pudo dejar de sonreir mientras anexaba la dirección electronica de subaru a su lista de contactos. Todo era muy extraño, y probablemente jamás pasaría nada más que una amistad.
- Hola!
- Hey! cómo estas?
- Bien. Oye te acuerdas de mí?
- Si, eres el novio de Dan, Subaru, ¿no?
- Jejeje, así es. Oye gracias por cuidar de mí. Que pena!
- No te preocupes, no fue nada.
- Pero el otro día en el cine no me saludaste.
- Lo siento, no te ví...
- Me sentí mal porque pense que no querías saludarme por borracho...
- Como crees? ...........
Y así comenzó su primer contacto real con aquel chico que había entrado a su mundo solitario.
Junjou Uncertain (II)
"Algunos momentos son inesperados"
Seishiro salía del cine con Iori, uno de sus mejores amigos. Siempre trataban de encontrar momentos para escapar de la monotonía que el trabajo les dejaba, así que el cine siempre habñia sido su primera opción. Después de todo, Iori necesitaba un escape a sus sentimientos frustrados de dejar ir a la mujer que amaba y una salida como esas era la mejor.
Seishiro a lo lejos vió a Dan, quien fumaba cerca de una de las barandillas del centro comercial donde se eoncontraban, así que decidió acercarse a el ya que sus cigarrillos se habían terminado. Antes de llegar, se detuvo en seco. Subaru estaba ahí. Era obvio que estaría ahí debido a que ambos eran pareja. Sin embargo Seishiro había olvidado este pequeño detalle, y por primera vez en mucho tiempo sintió que sus piernas no le respondían y que la sangre se le iba completamente a sus mejillas. Estaba intimidado ante la presencia de aquel joven al que cuido algunas noches atrás y que ahora estaba rebozante de vida frente a él. Era ilógico lo que le estaba pasando.
Se aclaró la garganta y decidió avanzar.
-hey, como estas? - dijo rápidamente a Dan -, puedo tener tu cigarro?, gracias!
Tomó el cigarro, dió media vuelta y se fue mientras Dan y Iori lo veían desde perspectivas diferentes emprendiendo una graciosa huida.
-Qué te paso?, por qué actuaste así? - preguntó Iori un poco en tono de burla
- Callate y vámonos - dijo mientras lo jalaba del brazo alejandose rapidamente.
Esa noche, Seishiro no pudo dormir pensando en Subaru. había algo en el que le llamaba la atención, algo que no podía descifrar. Se alegró de no tener tanto contacto con él porque sabía que sería peligroso.
Realmente peligroso.
Junjou Uncertain (I)
"algunas noches duran lo suficiente...."
Seishiro entró a la discoteca sin esperar nada. Durante mucho tiempo estuvo esperando a alguien especial pero esa persona jamás llegó, así que había comenzado a disfrutar la vida solitariamente.
-Que bueno que te veo! - le dijo una voz desesperada. Era la voz de Dan, un amigo que conocía desde hacía poco tiempo y que aunque al principio le gustaba, al final su caracter infantil y superficial terminaron decepcionándolo.
- Que pasa? - preguntó Seishiro con curiosidad al ver la cara de desesperación de su amigo.
- Mi novio se ha puesto muy borracho y no lo soporto!, yo vine aquí a divertirme, no a cuidar borrachos.
Seishiro volteo hacia el sillón contiguo a su amigo. Una figura reposaba comodamente en el lugar, como si de un pequeño gatito se tratara. Parecía terriblemente indefenso en un lugar como ese.
-Entonces, como quieres que te ayude?
-Fácil, puedes cuidarlo un rato mientras me desestreso un poco bailando?
-Esta bien. No tengo ningún problema, solo dejame comprar mis cervezas y estaré aquí.
Fue hacia la barra mientras admiraba el lugar. Como siempre, había mucha gente y todos bailaban. Podía notar las miradas de las personas que se coqueteaban y que buscaban algo más que un simple hola... Sin embargo, eso ya estaba fuera de su mundo. Para él, el lugar estaba siempre vacio. Nadie existia ahí. Solamente él. Era una sensación de soledad que comenzaba a gustarle.
Compró sus cervezas y fue hacia el sillón donde se encontraba su amigo y "el gatito", como le empezaba a llamar. Dan estaba ya casi desesperado y lo vio con alivio mientras se acercaba a el. Seishiro se sentó justo al lado del chico y se limito a observarlo mientras tomaba. Parecía alguien tan fragil, dormido así, con las manos cercanas al rostro y el cabello cubriendole los ojos. Sentía la necesidad de acariciarlo como si fuera realmente un gato, así que lentamente poso su mano en el cabello del chico y lo acarició con cuidado, tratando de no despertarle.
El tiempo comenzo a pasar rapidamente, sin que él lo notara. Las personas se movían y vivían en sus propios mundos. Sin embargo, el mundo en el que el vivía había sido invadido por primera vez por una persona con la que ni siquiera había hablado. Solamente por el hecho de verle ahí y cuidarle se sintió conmovido por él.
Dan llegó de prontó, mirando molesto al joven que aún dormía.
-Todavía no despierta? es absurdo!, estoy cansado ya! - dijo mientras se acercaba al chico dormido y comenzaba a moverlo con un poco de violencia.
-Hey! no hagas eso! - dijo Seishiro molesto por la actitud de su amigo.
-No importa, siempre hago lo mismo... despierta!!
El chico despertó poco a poco. Sus ojos estaban hinchados debido a su siesta y probablemente a la cantidad de alcohol que había ingerido, sin embargo, algo en su mirar deslumbro a Seishiro. Trató de levantarse pero tropezo un poco perdiendo el equilibrio. Seishiro lo tomó por los hombros instintivamente.
-Estas bien?- preguntó preocupado, mientras el chico se llevaba las manos a la cara- Quieres vomitar?
Un movimiento afirmativo. Seishiro lo llevó rápidamente al baño para que no ocurriera un accidente bochornoso mientras Dan esperaba afuera. Cuando salieron dan le dió unas pequeñas bofetadas al chico, cosa que puso furioso a Seishiro.
-Hey! te dije que no hicieras eso!!
-Calma!, es mi novio y yo se como lo trato - respondió con un tono orgulloso Dan -, ayudame a llevarlo al taxi. Subaru, vamonos! - le dijo al chico.
-Subaru - murmuró Seishiro. Al fin conocía su nombre. Al fin esa persona que había entrado a su mundo. Junto con Dan lo llevó al taxi.
-Trata de no abrir los ojos, y descansa mucho. - le aconsejó suavemente - Ve con las ventanas cerradas para que el aire no te ponga más mareado, ok?
-Gracias por cuidarme - balbuceó Subaru mientras subía al auto.
-Fue un placer - respondió cortésmente Seishiro, y después miro a Dan -. Y tú, cuidalo mucho. Checa que llegue bien a casa.
-Sí, sí, sí - dijo sarcásticamente Dan mientras entraba al auto -, pero no soy su mamá, sabes?
Seishiro solo sonrió molesto y vió como el taxi se alejaba. Inmediatamente, tomó un taxi también y se marchó a su casa. Esa noche había llegado a su fin. Sin embargo, había sido muy diferente a lo que el esperaba vivir... Y sonrió pensando que había valido la pena salir.